Este espacio está dedicado a recoger material audiovisuales y documentos sobre distintos temas relativos a la Historia Universal, la cual es abordada desde diferentes ángulos y buscando en todo momento que estas reflejen un sentido científico y crítico de la historia.
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Roma Locuta Causa Finita.

(Roma habló, la causa está entendida)


John Cornwell levantó el año pasado una gran tolvanera en los diarios, al retomar el tema del silencio del “Vicario” (Rolf Hochhuth, 1963), a saber, la actitud del papa Pío XII frente al antisemitismo nazi y la Shoah. El gran mérito de esa obra —realmente un buen trabajo de historiador— se encuentra sin embargo en otra parte: la evocada —interesante coincidencia— por los autores de Controversial Concordats, libro que habría apreciado Henri Irénée Marrou, enemigo jurado de Napoleón. Por “capellanocracia” Max Weber entiende el dominio absoluto ejercido por los clérigos sobre los laicos, incluso sobre los partidos católicos inevitablemente “asesorados” por capellanes. La Iglesia católica es universal y la capellanocracia significa además la romanización. La derrota temtemporal —en los dos sentidos de la palabra— del papado en 1870 provocó el fortalecimiento impresionante del poder pontificio sobre la Iglesia católica universal. Después de la proclamación de la infabilidad pontificia en el Concilio Vaticano de 1870, los pontificados de León XIII y de Pío X procedieron a una reforma ultracentralizadora de la administración de la Iglesia universal que puso fin a la autonomía de hecho de las iglesias nacionales, y, en su seno, de las diócesis. La reforma de 1908 reorganizó a la curia romana (el gobierno de la Iglesia), y en 1917 fue promulgado el Código de Derecho Canónico (Codex), resultado de diez años de una labor tan secreta como titánica. Con esa obra culminaba la autoridad pontificia y la centralización romana. El Codex da al papa la libre nominación de todos los obispos (canon 329, 2) y suprime muchos privilegios episcopales en beneficio de la Santa Sede. De aplicación universal, el Codex pone fin a las libertades y a los particularismos nacionales y diocesanos: la autoridad romana llega al último de los sacerdotes, el papa es “unicus et authenticus fons” (fuente) para la legislación, la jurisdicción, la administración.

El canon 218 establece su supremacía no solamente en cuestión de fe y de moral, sino también de disciplina y gobierno de la Iglesia en el mundo entero. Ese proceso se acompañaba de una nueva visión política: Pío X, Pío XI y su ministro, el futuro Pío XII, dejaron de ver con simpatía a los partidos políticos católicos formados sobre el modelo del famoso Zentrum (Centro) alemán que había sido capaz de vencer al canciller de hierro, Bismarck, a la hora del Kulturkampf. Cuando el cardenal Merry del Val le sugirió a Pío X que los católicos franceses debían seguir este ejemplo para luchar contra el anticlericalismo del gobierno francés, el papa observó: el Zentrum “no me gusta, precisamente porque es un partido católico”. No le gustaba porque no lo podía controlar sino indirectamente —por eso la importancia de los “capellanes”, de los “ases o res eclesiásticos”, en los sindicatos, en los partidos, en las asociaciones y en las escuelas católicas—. El problema de Roma era la integración (control) de las organizaciones laicas en su pirámide de poder pontifical, especialmente de los partidos políticos, expresión del odioso “pluralismo”. Se debe entender en esa perspectiva la obsesión vaticana por concluir concordatos con todos los Estados, entre las dos guerras mundiales. Por concordato se entienden las convenciones de amplitud variable que regulan la relación entre la Iglesia católica (Roma), los Estados y las sociedades nacionales. La meta perseguida era aumentar el campo de acción de la Iglesia (sus “libertades”), obtener garantías diplomáticas y afirmar su autoridad exclusiva sobre la Iglesia nacional. A cambio, Roma estaba dispuesta a hacer a su vez concesiones. Una de esas concesiones fue, en varios países, entregar la cabeza de Juan en bandeja de plata, liquidar los movimientos laicos, sindicatos y partidos, que pudiesen molestar al Estado. Uno de los mejores intérpretes de la política concordataria de Pío XI, el P. de la Briere, estimaba que los concordatos “lejos de crear un régimen de separación, organizaban una alianza manifiesta y una colaboración estrecha del poder religioso con el poder secular”. Esa política es uno de los capítulos esenciales de la construcción de la “nueva cristiandad” de Pío XI, complementada por la Acción Católica. Por lo mismo, Roma intenta lograr “la libertad de organización y de funcionamiento” para la Acción Católica (Concordato con Lituania, 1927, Acuerdos de Letrán con Italia, 1929, etc.). Bajo Pío XI y XII fueron concluidos trece concordatos y veintiséis convenciones más limitadas, como el “modus vivendi” de 1928 con la República checa; un año después se usará de nuevo la expresión “modus vivendi” para México.

El tema del concordato es importante porque implica un trueque: el Estado renuncia a controlar las nominaciones episcopales y Roma aprovecha el cambio para escoger a los obispos, suprimiendo la antigua costumbre de la elección por el Cabildo catedral. Roma asegura así el triunfo de su centralismo y de su verticalismo (su “libertad”), y lo consigue independientemente de si se trata de Estados con regímenes y tradiciones político-religiosas diversas, democráticas, autoritarias, totalitarias. La indiferencia ante el tipo de regímenes es notable y corresponde a lo dicho por el secretario de Estado en 1929, a propósito de los Tratados de Letrán: “Mussolini pasará y el concordato le sobrevivirá” (Le Doyen Le Bras a Jean Meyer, junio de 1964). A cambio, el Estado puede conseguir algo, puede conseguir mucho: la cabeza de los católicos políticos, sean de derecha, de centro o de izquierda. Roma mata dos pájaros de un tiro: paga el precio del concordato o de los arreglos tan deseados, y se deshace de unos laicos que estorban el gran proyecto de “nueva cristiandad” totalmente controlada por la jerarquía y el clero. La secuencia cronológica es elocuente. En Italia se dio el ensayo general. En 1919 había nacido un partido católico, el Partido Popular Italiano (PPI), dirigido por un sacerdote socialmente progresista, Luigi Sturzo; dicho partido logró 20 por ciento de los votos en 1919 y siguió progresando. Al día siguiente de la llegada de Mussolini al poder, en la primavera de 1922, el PPI buscó un acercamiento con los socialistas; inmediatamente la Secretaría de Estado del Vaticano mandó una carta a todos los obispos italianos invitando el clero a “abstenerse de todo compromiso político”, lo que equivalía a una condena del PPI. En 1923, para calmar a los enfurecidos fascistas, Roma obligó al padre Sturzo a renunciar al secretariado político del partido, y luego lo mandó al exilio. En el mismo año de 1923 Pío XI preparó el relevo del partido con la reforma, en octubre, de la Acción Católica. El modelo italiano de AC se aplicó luego al mundo entero: movilización de las masas católicas, preeminencia total de la dimensión religiosa (apolitismo), control férreo del laicado por la jerarquía. La orden de exilio para dom Sturzo cayó unos días después, en noviembre… En diciembre de 1926, en Francia, se firman los arreglos entre la República y el Vaticano que ponen fin a una crisis de más de veinticinco años; a cambio, en el mismo mes, Roma condena la Action Française, movimiento antirrepublicano de derecha radical en el cual militaban muchos católicos; como la prohibición no fue acatada inmediatamente por los católicos franceses, en marzo de 1927 el papa lanzó sanciones espirituales terribles, como la negación de los sacramentos, incluso in articulo mortis, sin retractación.

En 1926, cuando el conflicto religioso sube de tono en México, el papa busca un “modus vivendi” y multiplica los intentos de acercamiento con el gobierno del presidente Calles. “La Curia lamentaba que el clero mexicano, liguero y batallador, en lugar de buscar junto con los poderes públicos un acomodo de hecho, se mantuviera en una hostilidad abierta y se obstinara en no tener relación alguna con el gobierno”. Entonces el papa Pío XI publicó una encíclica dirigida a los obispos mexicanos, Paterna Sollicitudo Sane, con fecha 2 de febrero de 1926, prohibiendo a los católicos toda militancia política en su calidad de católicos, e invitándolos, a cambio, a trabajar en la Acción Católica reformada sobre el modelo italiano. Los “arreglos” de junio de 1929 que lograron un “modus vivendi” aplicado entre 1929 y 1931, y luego después de 1938, fueron negociados directamente entre el Vaticano y el gobierno mexicano sin informar ni consultar a los obispos mexicanos, ni mucho menos a los laicos que luchaban en el campo de batalla, ligueros y cristeros. Exactamente en los mismos años, Roma buscó vanamente un concordato con Lenin y Stalin, con la esperanza de tomar el lugar de la Iglesia ortodoxa, identificada con el antiguo régimen. Luego sigue el caso alemán, que merece atención. A la hora de los acuerdos de Letrán, Adolfo Hitler observó en el diario del partido nazi, Völkischer Beobachter, el 22 de febrero de 1929:

Que la Curia haga ahora la paz con el fascismo apunta a que el Vaticano confía en las nuevas realidades políticas mucho más que en la pasada democracia liberal con la cual no pudo arreglarse […] Al predicar que la democracia es lo que más conviene a los católicos alemanes, el Zentrum [el viejo artido católico] se pone en radical contradicción con el espíritu del tratado firmado hoy por la Santa Sede.

Efectivamente. Los católicos alemanes, laicos del Zentrum y obispos, no habían dejado de señalar la incompatibilidad absoluta entre el nacional-socialismo y el cristianismo, eso hasta 1933. El canciller católico Brüning criticó acerbamente los Tratados de Letrán, insistiendo en que no era posible pactar con los regímenes totalitarios; la violenta ofensiva del fascismo italiano contra la Acción Católica le daba la razón en 1931-1932, así como se la daría, a posteriori, la ofensiva nazi contra la Acción Católica alemana, después de la firma del concordato entre Hitler y el Vaticano. En su primer consejo de ministros, después de las elecciones de 1933, Hitler manifestó (7 de marzo de 1933) su temor de verse llevado a un conflicto con el partido católico, el Zentrum, recordando el papel que éste había tenido en la derrota de Bismarck. Para desarmar al adversario, Hitler decidió recurrir al concordato tan deseado por el papa y por su brazo derecho, el cardenal Pacelli, ex nuncio en Alemania, entonces secretario de Estado y futuro Pío X I I. En 1932, el Vaticano había prohibido al Zentrum todo acercamiento con el partido socialista que habría podido cerrarle el paso a Hitler. El ex canciller Brüning veía con amargura cómo Roma le hacía el juego a los nazis y manipulaba a su partido. El presidente del Zentrum era un sacerdote alemán, muy amigo del cardenal Pacelli, el padre Ludwig Kaas. Kaas practicó, con muy buen conciencia, un doble juego, debilitando, desmantelando su partido, al servicio de la diplomacia vaticana que quería de manera obsesiva lograr un concordato, para el cual trabajaba desde hacía más de diez años. El 18 de marzo de 1933 la jerarquía alemana repitió por última vez que su posición seguía siendo radicalmente antinazi; hay que subrayar que tenía varios años declarando que un católico no podía ser miembro del NSDAP y que, en muchas diócesis, se le negaba los sacramentos al nazi que no devolvía su carnet de miembro del partido. Luego, el 28 de marzo, para asombro de todos, los obispos publicaron una declaración en términos muy conciliadores para el régimen. Como lo escribió en carta del 20 de abril el cardenal Faulhaber, uno de los obispos más firmes en la condena del nazismo: “eso se debe a la posición de Roma”. El texto cayó sobre el Zentrum como un rayo.

En esos mismos días, el partido, después de tormentosos debates en los cuales intervino Brüning para impedirlo, aceptó votar en el Congreso los plenos poderes al canciller Hitler y la suspensión de las garantías constitucionales. A cambio, los nazis había prometido a Kaas y Pacelli el concordato. Kaas viajó enseguida a Roma. El Reich ofrecía “los derechos de la Iglesia” a cambio de la “despolitización” del clero y de la disolución voluntaria del Zentrum. La jerarquía alemana no fue consultada ni informada: exactamente como la mexicana en 1929. Cuando las negociaciones habían concluido y sólo faltaba la firma oficial, el cardenal Pacelli contestó a los obispos, preocupados por los rumores de negociaciones, que no había nada de eso. Un político católico pudo escribir a su vicario general: “El futuro del catolicismo alemán parece decidirse en Roma. Es el resultado del progresivo centralismo”. A fines de mayo los obispos fueron reunidos para escuchar la noticia: una minoría protestó, la mayoría se inclinó: Roma había hablado, no había nada que decir, Roma asumía toda la responsabilidad. El 3 de junio de 1933 los obispos tuvieron que publicar un mensaje pastoral anunciando el fin de suoposición al NSDAP, siempre y cuando el Estado respetase los “derechos y las libertades” de la Iglesia. Los políticos del Zentrum, a diferencia de los ligueros y cristeros mexicanos, quienes, fulminados de la misma manera cuatro años antes habían tenido que inventar que el papa había sido engañado para aceptar los “arreglos”, entendieron muy bien. Brüning señaló con amarga ironía que esperaba que “el Vaticano se encontraría mejor en las manos de Hitler […] que en las mías, las de un devoto católico”. En una parte inédita de sus memorias va más lejos:

Sólo la diplomacia papal puede lograr algo, creía Pacelli. El sistema de los concordatos los llevó, a él y al Vaticano, a despreciar la democracia y el sistema parlamentario […] Gobiernos rígidos, una rígida centralización, unos tratados rígidos, abrirían una era de orden estable, una era de tranquilidad y paz.

El Zentrum, ese partido antiguo y prestigioso, cofundador de la República de Weimar, partidario del pluralismo, de un pragmatismo comunitario, inspirado por grandes espíritus como Max Scheler y Romano Guardini, ese partido apoyado por 23 millones de católicos alemanes, tuvo que contenerse por órdenes de Roma. Tal era el precio del concordato. Su presidente, el padre Ludwig Kaas, había escrito en ese terrible año de 1933, a la hora de trabajar en la destrucción del Zentrum y a propósito de los acuerdos de Letrán:

La Iglesia autoritaria debería entender mejor que los demás al Estado autoritario. Nadie podría entender mejor la pretensión [romana] de una ley globalizadora como la que pide la Iglesia [el Codex de 1917], sino el dictador, quien, en su propia esfera, ha establecido el edificio fascista, radical, indiscutido e indiscutible.

Estamos en presencia de un momento muy especial —que no volverá, esperemos— de la historia de la Iglesia católica, que corresponde a la hora de las tinieblas del siglo XX, la de las guerras mundiales y de los totalitarismos. Así se puede entender, se debe interpretar, el acto supremo de dos poderes autoritarios, “rígidos”: la Iglesia y el Estado, acto que deja totalmente fuera a los supuestos beneficiados, la grey que los “pastores”, tanto religiosos como seglares, pueden, con toda impunidad, trasquilar, capar y mandar al matadero. Esa tragedia rebasa por mucho la personalidad y el pontificado de Pío XII.

Jean Meyer

Revista Istor no.2 CIDE pág 128-133

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