Este espacio está dedicado a recoger material audiovisuales y documentos sobre distintos temas relativos a la Historia Universal, la cual es abordada desde diferentes ángulos y buscando en todo momento que estas reflejen un sentido científico y crítico de la historia.
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A la vuelta de la India medieval

En los últimos trescientos años nos hemos ido acostumbrando tanto a recibir análisis políticos de periódicos y revistas -o, más recientemente, de la radio y la televisión- que hemos olvidado que antes hubo otras maneras de entender la situación del momento, así como para especular, sabiendo lo que se decía, acerca de lo por venir. En la India medieval, por ejemplo, una de las fuentes mejores de comentario político era un perro. Esta practica estuvo muy difundida durante siglos, pero la más detallada descripción que sobrevive de ella procede de una enciclopedia compilada en 1363 por un tal Sharngadhara, del reino desértico de Mewar, hoy parte del Rajastán. Sharngadhara nos informa que “para responder a la pregunta: ¡qué es lo que ocurre en el mundo! el mortal puede confiar por entero en cinco seres: el corzo, la lechuza moteada, el cuervo, la hembra del chacal y el perro. Como pasa con otros comentaristas, sin embargo, no todos son igualmente rotundos. La verdad es que “los primeros cuatro son, por naturaleza, apenas inteligibles. El perro es mucho más fácil de entender.” Tampoco cualquier perro, claro está, puede aspirar a ser analista político. Debe ser joven, saludable, sin defectos y, por encima de todo, enteramente negro, seguramente para garantizar que sus opiniones sean coherentes e inalterables, no jaspeadas de reparos o dudas. Agradará a algunos lectores de Vuelta enterarse de que “no debe tener torcida la cola hacia la izquierda”. Como testimonio del aprecio de su público agradecido, el perro dictaminador es bañado ritualmente al caer la noche y se le ofrece un banquete de leche y bollos especiales en forma de perro, queriendo tal vez dar a entender que, en su comentario, se atendrá a sí mismo, sin dejarse influir por los demás perros. Es colocado en su foro, un mandala multicolor pintado en el suelo y -como estamos en la India- es reverenciado harto largamente con cantos, plegarias, incienso, lámparas, flores, alimento y fuegos rituales. Así el perro queda en condiciones de emitir su crítica. En términos generales, las cosas marcharán bastante bien en el reino si el perro se rasca la cabeza con la pata delantera derecha, si se rasca la izquierda con la otra, si se rasca la oreja derecha con la pata de ese lado, si mea levantando la pata trasera derecha o, de ser una hembra, se rasca la barriga. Graves problemas tiene el gobierno si el perro bosteza, vomita, se escabulle, hipa, tose, parece angustiado, se duerme y se sacude con violencia, escarba un hoyo, aulla o mira al sol. En un reino, la salud del estado depende de los miembros de la familia real y el perro es una mina de información a propósito de las interioridades del palacio. Su ladrido puede indicar si actos cometidos por el rey en alguna vida previa tendrán consecuencias hoy por hoy. El modo como orina concierne a la continuidad dinástica: si la reina embarazada dará a luz a un hijo, una hija, o malparir& Si el perro se echa, sin rascarse, alguien de la casa real está gravemente enfermo. El perro sabe también quién llegará a viejo, quién morirá pronto, qué emisarios importantes están en camino, si la reina tiene un amante y hasta si dicho amante es del palacio o de afuera. Recurriendo a la que acaso sea su más recóndita forma de comentario, una perra revelará que los enemigos del rey conspiran contra él en el momento mismo, poniéndose a querer copular con un toro joven. Al igual que tantos editorialistas vocingleros, el perro propende a preconizar cursos de acción que no lo afectarán directamente. Así: “Un perro puede animar al rey a combatir”, sin que ello signifique atizar la guerra sólo por hablar, pues es perito en fuerza militar: “Cuando dos ejércitos se traban en combate, puede indicar cuál ganará la victoria indiscutida, quién dará el golpe definitivo.” El análisis canino es particularmente útil en tiempos de hostilidad entre dos reinos: si el perro se vuelve hacia el este, habrá guerra. Si avanza hacia el este, la guerra será seguida de reconciliación. Si va hacia el este y también el oeste, habrá prolongada hostilidad, aunque sin verdadera lucha. En tiempo de paz, si el perro se vuelve hacia la izquierda, luego hacia la derecha y de nuevo hacia la izquierda, se romperá la alianza vigente. En tiempo de guerra, si yergue las orejas y ladra al sol es que la paz se acerca. En los Estados Unidos propendemos a dar más crédito a los políticos “de adentro”. En la India el perro era un comentarista apreciado precisamente por estar tan alejado de los pasillos del poder e incluso de las normas del vivir. El perro es el colmo de lo ajeno: pasa la noche vigilando despierto y duerme de día. Puede ser “el mejor amigo del hombre” o rabiar de repente. Contra las leyes dietéticas, se lo come todo. (En la India, un nombre común de los perros era “comevómito”.) Quebrantando las restricciones de casta, se aparea lo mismo con cualquier otro perro y es él mismo producto de una mezcolanza, señal de las castas inferiores. A menudo habita, asimismo, los terrenos de cremación, esa tierra de nadie entre la vida y la muerte, comiendo carroña. El perro, pues, era apreciado por sus opiniones precisamente en virtud de su independencia. Por poco que su vida privada se asemeje a la de los escritores mexicanos -algu nos de éstos, cuando menos-, el perro hindú, seguramente con una rascadura de buena agüero, habría aprobado, entusiasta, la declaración que abrió el primer número de Vuelta hace veinte años: “Hemos decidido salir solos, confiados en la ayuda del público y en su amistad... ¿Qué podemos ofrecerles en cambio? Ser fieles a nosotros mismos: escribir.” El perro sólo hubiera, si acaso, pedido cambiar la última palabra y poner algo menos antropocéntrico, quizá, como “ladrar”.

Eliot Weinberger

Vuelta 241

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